El Día Que Starbucks Llegó Al Borde Del Mundo

La primera vez que llegué a Patagonia, pedir un café significaba otra cosa.

No había espuma de avena, ni vasos para llevar, ni nombres italianos escritos en pizarras. Cuando uno pedía un café, muchas veces llegaba una taza de agua caliente y un tarrito de Nescafé —que no tiene nada de malo; siempre hay uno en mi cocina— o un café instantáneo Monterrey. El problema no fue el café. Era la forma en que llegaba: puesto sobre la mesa sin ceremonia alguna. Sin ritual. Sin cariño. Si uno pedía leche, la respuesta solía venir con una pausa, o una mirada extrañada.

Venía recién llegada de Europa y, para ser honesta, extrañaba mis lattes. Extrañaba los cappuccinos bien hechos, las tazas bonitas, el pequeño ritual urbano de salir a caminar con un café en la mano.

Y sin embargo, había algo en esa falta de refinamiento que me fascinaba.

Patagonia se sentía realmente lejos.

Lejos no solo en kilómetros, sino en ritmo, en costumbres, en prioridades. Lejos de esa prolijidad global que hace que casi cualquier ciudad empiece a parecerse a otra.

Con el tiempo, eso cambió.

Y no necesariamente para peor.

Poco a poco comenzaron a aparecer cafés que entendían que una taza podía ser algo más. Llegaron los buenos granos, la leche texturizada, los baristas pacientes. Y con ellos, una nueva forma de habitar la ciudad.

Lo mejor fue que el buen café llegó con identidad propia.

En Puerto Varas, lugares como Café en Pie, La Chalota o Café Mawen demostraron que no hacía falta una cadena global para hacer las cosas bien. El café mejoró, sí, pero lo hizo a escala humana: más cálido, más local, más nuestro.

Por eso, cuando Starbucks finalmente llegó, no sorprendió a nadie.

Era inevitable.

Y no se trata de demonizarlo. Starbucks no vende solo café; vende familiaridad. La tranquilidad de entrar a un lugar y saber exactamente qué esperar.

Y Patagonia, durante mucho tiempo, ofrecía precisamente lo contrario.

Parte de su encanto estaba en eso: en no ser del todo cómoda, en conservar cierta aspereza, en recordarnos que estábamos lejos.

La llegada de Starbucks no cambia Patagonia. Pero sí marca algo.

Otro pequeño paso en la transición entre un sur que alguna vez se sintió remoto y un sur cada vez más legible, más cómodo, más reconocible.

Algunas cosas mejoran, y el buen café fue una de ellas.

Pero Patagonia nunca estuvo definida por la ausencia de un buen latte.

Tal vez estaba definida por la ausencia de pulido.

Y quizás esa también era parte de su belleza.

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